Dicen que los miedos se generan por momentos que marcan tu vida, una gran parte de ellos quedan incrustadas en nuestros subconsciente. Como clavos, abren una pequeña ruptura en nosotros, que de no ser cubierta estarán presente hasta el momento de morir.

Hace unos días una pequeña brecha se abrió y por primera vez en mi vida sentí que me desmoronaba. Era un sentimiento de pesadez, de caída en picada, como sentirte indefenso aún teniendo compañía, aún teniendo una mano a la que poder aferrarte.

No comprendí mi fobia hasta enfrentarla, acrofobia para ser más preciso, un intenso miedo a las alturas. Nunca había podido comprender que tan fuerte era en mi vida, o que tanto me podría afectar.

Algunas veces al estar arriba en un edificio veía hacia abajo y sentía vértigo, muchas personas lo tienen, nada grave. Pensé que tomar un avión sería un problema, pero no fue así. Pero ahí, en medio de esa torre de vigilancia sentí por primera vez el verdadero miedo.

Fue en un viaje, junto a personas que debido al tiempo compartido siento confianza. Decidí ponerme a prueba, aún conociendo mi debilidad, mi talón de Aquiles. Tomamos un teleférico para llegar a una gran colina, el vértigo estaba, pero no era potente, podía calmarme fácilmente.

Al llegar nos dicen que parte del recorrido era subir una torre de vigilancia, no recuerdo cuantos metros mencionaron, pero fácilmente más de treinta. Subí rápidamente y en intermediarios tomaba fotos de la vista.

Fue casi al llegar que luego de hacer una toma me mareé.

Me incliné en el barandal y por primera vez en todo el recorrido eché un vistazo hacia abajo. Estábamos muy alto y dentro de mí poco a poco sentía como esa pequeña ruptura se iba abriendo. Mi respiración aumentaba y sentía que entre poco podría caer rendido al suelo, pero pensar en caer no era en aquellas tablas de madera, sino poder caer precipitadamente en aquel vacío.

A nadie le he contado esto hasta este momento, pero lo primero que hice fue intentar bajar. Bajé un nivel, pero mi estado no era el mejor, en mí se generó demasiada desesperación y evalué las dos opciones:

  1. Bajar totalmente solo y muy probable desmayarme
  2. Subir y pedir ayuda, reponerme y luego bajar acompañado por todos

A último momento supe que mi mejores probabilidades estaban subiendo e intentar reponerme. Sudando frío, tembloroso pedí ayuda y alguien me sostuvo. Una persona que supo que hacer, debido a su trabajo y experiencia me dio coraje para subir y sentarme.

«Hay una serpiente arriba» podía escuchar muy al fondo, a mi no me importaba, porque muy al fondo lo único que podía escuchar eran los gritos en mi cabeza. Trataba de mirar hacia arriba, porque al intentar ver hacia abajo en la hendiduras de las tablas se podría apreciar el vacío.

No sabía el porqué, el cuando o el dónde había adquirido este gran miedo. Algunos de los presentes hacían burlas, se mofaban de la debilidad de alguien, aún cuando todo ser humano está lleno de ellas. Yo me sentía mal por no saber cómo comportarme. Con la mente llena de ruido, muy dentro de mi memoria estaba la verdad.

Fragmentos vertiginosos

Tenía unos seis años y vivía en una finca a kilómetros de la civilización. Mi padre proveía, no nos hacía falta la comida pero tampoco nos sobraba. Como proyecto mis padres propusieron la idea de hacer una tienda de víveres, pero para esto tendrían que estar todo el día alejados de nosotros. Hicieron el sacrificio.

Me quedaba junto a mi hermana mayor, y mi abuelita (por parte de padre) que a duras penas caminaba con ayuda de su bastón. Dormía en el mismo cuarto que mi hermana, camas separadas.

Como travesura, mi hermana y yo empezamos a saltar entre camas, pero debido a un error el trayecto de mi caída cambió, y me di un gran golpe con una mesita redonda que estaba entre medio.

Ese fue el primer momento de vértigo, una caída imprevista, sangre por todos lados.

Sólo recuerdo eso.

Mi abuela me cuenta que estuve sangrando por horas en el suelo, ella no podía pedir ayuda, mandó a su medio-hermano a pedir un taxi para llevarme al hospital, pero se demoró demasiado en llegar y al decirle al taxista se rehusó «¿un niño sangrando? me va a manchar el taxi», dijo.

Mis padres llegaron horas después, luego de que mi tío-abuelo les contara los sucedido. Al llevarme al hospital sólo tenía 6 de hemoglobina, debido a la gran pérdida de sangre por mi hemofilia.

Ese día casi muero.

Combatiendo la fobia

Regresando a ese día, trataba de entretenerme haciendo otra cosa. Tomaba fotos de todos, pero no lograba regresar al equilibrio. Me aferraba a esa silla, era lo único que me reconfortaba e impedía que me volviera pedacitos.

En el momento que dijeron que íbamos a bajar fui el primero en levantarme, ya me quería ir. Uno de los presentes ofreció su ayuda, una persona bondadosa que un día antes de nuestra partida le agradecería muy profundamente por su darme apoyo.

Me encontraba muy mal, apunto de desmayarme, con mi brazo en su hombre poco a poco empecé a bajar, mientras que la persona que estaba adelante me grababa. Al principio pensé que se estaba tomando un selfie, pero al cabo de un rato me di cuenta que era un vídeo.

En ese momento me di cuenta el cómo el egocentrismo y la competitividad dañan nuestra formación. Cómo el sentimiento de superioridad corroe tanto a alguien al punto de mofarse de otro por no compartir los mismos miedos.

Al terminar de bajar y con el vídeo de casi 4 minutos me quedará en el recuerdo un sólo comentario «¿qué se siente haber dejado tu dignidad en un sólo vídeo?» a lo que respondo «¿qué es dignidad?».

Muchos se mofaron por esta simple pregunta, algunos otros habrán pensado que bromeaba, pero mi pregunta era más que todo una observación…

¿Qué es dignidad en este contexto?
¿Acaso es la excusa de las masas para juzgarte debido a su falta de empatía?
¿Dignidad es lo que usan los demás para ridiculizar tus temores?

Aún no me queda claro.

No culpo a nadie por como se comportó, ni guardo rencor por las acciones efectuadas, pero entre todo este incidente aplaudo a todo aquel que me brindó su ayuda incondicional. Aquel que me escuchó, me brindó su apoyo, hasta el leve detalle de ofrecerme agua, la bondad es algo de lo que todos debemos practicar, porque en momentos como estos todos quisiéramos contar con una mano amiga.

Crecemos con lo aprendido, con lo que nos forja, y en medio de este mundo corrupto la falta de empatía es constante. No somos rocas, ser humano es equivocarse, caer, tener miedo, llorar, sufrir. Nos han enseñado tanto a que debemos ser moldeados bajo un estándar de perfección que se nos olvida el permitirnos dejar a flote lo sentimientos más frágiles, sólo dando la oportunidad de manifestar los positivos: una sonrisa, el gozo, la calma.

Tal vez pequé ese día al tratar de mantener mi compostura, aún cuando en mi interior caía poco a poco. Yo sólo tenía en mi mente el querer regresar y poder descansar en aquello que me daba paz.

Aún entre todo esta conmoción estoy orgulloso por lo que logré. Me dispuse a enfrentar mi más grande miedo y salí en una pieza. Aún las rupturas existen, pero poco a poco las estoy sellando. Porque no es intentar poner una curita en la herida, se trata de enfrentarlos hasta que puedas poner una capa sólida que pueda permitirte sonreír donde antes te provocaba llorar.

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