Dicen que las palabras hacen de nuestra vida un mundo más real. Nos comunicamos, damos a entender qué sentimos, socializamos.

¿Desde cuando los caracteres nos hacen prisioneros de una realidad falsa?

Las excusas de aquellos moribundos sociales. Indigentes en busca de paz en la pretendiente neblina de una conversación estética, repleta de temas poco interesantes, casi nulos para una sociedad perteneciente a la época actual.

Muchas veces las actitudes hereditarias propias de nuestros antepasados nos poseen, tornando el tema a una senda un tanto sexual. Creemos que la atracción por lo físico cambia a la espiritual y satisfactoria manera de ver lo bello en el fondo de la personalidad.

Creemos que somos dioses, creando y degustando todo lo que nuestro control a pocos clics se nos es disponible.

Pero la realidad está a pocas distancias de nuestro cuerpo, a pocos metros de aquella nube digital. La escondemos en una pequeña cajita de la cual sólo abrimos en extremo caso, cuando nos perdemos y queremos retomar rumbo.

Convertimos a la ficción en nuestra amante, aquella que tomamos y deseamos pero nunca se hace nuestra.

Al final de cuenta siempre tocamos fondo, encontramos aquello que no nos interesa y nos apegamos en esos pequeños instantes a contemplar nuestra vida.

Somos más, mucho más que simples marionetas manipuladas por una sociedad superficial. Encontrar aquello que nos hace feliz y adoptar la idea como principal filosofía es nuestra manera de escapar y entrar en una ficción más real, más confortante.

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Apasionado de las artes y tecnología.